Confesiones de una típica adolescente

martes, 16 de diciembre de 2014

Quizás llego el momento del año en el que es inevitable hacer un balance del año o tal vez sea, en mi caso, necesario.  
No voy a ser tan injusta de decir que mi año comenzó mal, porque estaría faltando a la verdad. Tuve un buen comienzo de año, uno muy lindo. Me quedó y rescato ese primer mes en el que preparé y disfruté de un viaje hermoso y sumamente soñado. Mi único momento feliz del año se resume a enero. 
Seguramente sea por eso que estando en diciembre y viendo el paso de los meses como algo compacto, no puedo evitar decir que fue un mal año. 
Porque de febrero para acá fue terrible.  
No voy a adentrarme en las razones de mi dolor porque no vienen al caso. Solo me sale citar aquella frase de una de mis canciones favoritas en el mundo que dice: "historias de no correspondidos y de amigos que no están".  
Puede parecer muy estúpido y pequeño todo lo que pasé, pero a mi me desestabilizó por completo. Quizás por el hecho de que venía del mejor año de mi vida, o porque me tomó desprevenida, de parte de personas a las que amaba mucho. Pero siendo realista, quien se espera este tipo de cosas?  
Este año, indudablemente, toqué fondo. Y fue un fondo muy profundo y oscuro. Un fondo que no le deseo a nadie.  
Comencé huyéndole al dolor, pero llega un punto en el que el dolor siempre te agarra de los tobillos a tiempo después de perseguirte bastante, y te tira, y te atrapa, y de deja knock out.  
Yo sufrí mucho, sufrí de verdad y nadie a mi alrededor tiene real consciencia de lo que yo sufrí y todavía sufro de vez en cuando.  
A mi el dolor no solo me rompió el corazón, sino que también me lastimó todo el cuerpo. Llegué a vomitar todos los días, volé de fiebre hasta que me temblaran los huesos, me lastimé, y hasta llegué a quedarme sorda de un oído. Si, así de literal.  
Pero esa no fue la peor parte. Ojalá lo hubiera sido.  
Lo peor fue, sin lugar a dudas, cuando aparecieron las crisis nerviosas. 
Mi doctora, sin saber esto, pero viendo mis somas y secuelas físicas, se atrevió a mandarme a un psicólogo y hasta llego a insinuar que lo mejor sería un psiquiatra.
Si, ella al igual que yo sabíamos que yo estaba rozando la depresión pero ninguna lo dijo en voz alta.  
Nunca, pero NUNCA me había dolido tanto el corazón, el cuerpo y el alma hasta sentir que moriría de tanto dolor. Nunca había experimentado algo igual.  
Dicen que la sensación de sentirse muriendo se llama "ataques de pánico", pero yo no tenía eso. Un ataque de pánico hace que tengas temor de morir. Yo no tenia miedo. Yo le pedía a Dios morir. Yo lo deseaba. 
Acaso eso no es rozar la depresión? 
Cuando sufría y no aguantaba mas el dolor, le pedía a Dios morir. 
Y es la primera vez que me animo a confesarlo.  
Evidentemente, Dios nunca me hizo caso. Y acá es donde comienza la incoherencia. 
Tal vez no tenía pánico, ni depresión. Tal vez estaba volviéndome loca de tanto dolor. 
Porque cuando me despertaba y me encontraba viva, cuando veía que había sobrevivido a otra sesión tortuosa que mi propia mente provocaba, yo me hacía fuerte, muy fuerte, aunque sea por un día más, hasta que volvían a aparecer los fantasmas.  
Me volvía fuerte porque esta en mi naturaleza, en mi esencia. A pesar de todo soy leonina, soy leona y mi mayor revolución al dolor, mi manera de enfrentarlo era negándolo. Cuando me volvía fuerte, simulaba que el sufrimiento no existía. Estoy segura de que todo el mundo siempre me lo creyó. 
Y por que sé que todo el mundo me lo creía? Porque mi manera de pedir auxilio era afirmar que me acechaban dementores. Siempre existía la posibilidad de que alguno comprendiera el msj, pero no pasaba, nadie venia a rescatarme.  
Y hoy ya no lloro tanto, y hoy ya no tengo ganas de morir porque comencé a ver los rayos de luz de un nuevo amanecer. "Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer". 
Y hoy estoy arañando las paredes de mi pozo y llegando a la superficie. Hoy estoy a punto de salir. Hoy se que soy bastante más fuerte, y más madura. Porque al final, crecer hacía bien. 
Y hoy quiero cumplir una promesa.  
A mitad de año, hablando con una de las personas que me lastimó le pedí que salga de mi vida porque me estaba empezando a hacer mal (en ese momento estaba siendo fuerte). Y cuando él insistió en no querer irse, le dije que no sabía si la decisión que estaba tomando era la mejor, pero que le prometía que yo iba a estar bien, que yo también intentaría ser feliz.  
Hoy sigo sin saber si la decisión fue la correcta (aunque empiezo a creer que si), pero de lo que si estoy segura es de que voy a cumplir mi promesa
Yo voy a estar bien. Voy a estar bien. Y poco a poco, paso a paso, yo también voy a ser feliz.  
 Hoy me despido de todo. Todo lo que me hizo mal.  
Adiós 2014. Duraste lo que yo sentí que fue un siglo, pero al fin ya te vas.  
Gracias, porque hoy soy más fuerte. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario