Desde chica
crecí pensando que el primer gran amor no se olvida, que es eterno, que siempre
que vuelvas a él a través de los recuerdos te va a volver a remover el mundo. Y
para mi va a ser así, o espero que sea así. No porque haya sido perfecto, o de
ensueño, sino porque me marcó a través de heridas, heridas del alma que no
encuentran medicamentos o tratamientos tan fácilmente. Heridas que hoy quiero
sanar a través de estas palabras.
Muchas veces volví atrás y pensé cómo me pude haber enamorado tanto de él. Yo, la que me creía inteligente, despierta e intuitiva, la que creía que jamás iba a permitirse engañar así, la que creía que esas cualidades eran suficiente para no dejarse pasar por encima (qué equivocada estaba, qué pensamiento tan machista). Pero hoy pienso y ¿por qué no? Si soy de carne y hueso. Si soy soñadora y enamoradiza. Si crecí viendo películas de princesas que pasaban su vida esperando a ser rescatadas por príncipes azules, y leyendo libros de mujeres humanas e imperfectas que sólo fueron felices cuando fueron vampiras e inmortales como el hombre al que amaban, ese que era poseedor de aquello que podía hacerlas fuertes y especiales. Si tengo grabado en mi mente aquél momento en que me dijeron “tenés que hacer dieta ahora y ser flaca, porque cuando seas grande vas a querer tener novio y ponerte la ropa que está de moda y no vas a poder”. Y mi Yo del pasado, con tan solo 10 años, pensaba que lo que me decían era una estupidez, que el amor no entraba por los ojos, que el amor se enamoraba de otras cosas más profundas, que no me interesaba la moda si el outfit no involucraba unas zapatillas cómodas y una mochila llena de libros. Y qué sabia era esa pequeña de 10 años que entendía que el amor y la moda no es para unas pocas y que si es así, yo no lo quería.
Pero el tiempo, los años, la sociedad que pesa y la cultura machista y patriarcal, las películas de Disney, las novelas mexicanas, los libros de moda, las cuatro o cinco revistas de adolescentes que me compraba todos los meses, y los test que traían adentro sobre cómo hacer para gustarle a ese supuesto chico ideal; fueron transformándome en la persona que aceptó a este primer amor que jamás voy a olvidar.
Me enamoré de él sin pensarlo, inconscientemente, de la nada y creía que eso era mágico, parte de la adrenalina propia de la adolescencia. Me enamoré de él porque le dijo a mi mejor amigo que al final yo era linda. Sí, porque al fin alguien creía que yo era linda. Me enamoré porque estábamos en un viaje soñado y él tenía ganas de compartir esos momentos muy cerca mío, a pesar de que su novia lo esperaba en casa. Me enamoré porque me esperaba antes de irnos a dormir para darme las buenas noches, abrazarme y hacerme la bendición en la frente, y creía que eso era todo lo que mi mamá desearía para mí. Me enamoré porque en los viajes largos le gustaba sentarse conmigo, y mientras nadie miraba (y a tan sólo días de conocernos) me acariciaba con ganas, me llenaba la cara de besos, jugando conmigo, sin llegar nunca a los labios porque claro, él tenía novia y lo estaba esperando, y en el fondo la extrañaba. Me enamoré de la idea de que al ser amigo de mis mejores amigos, podríamos estar los cuatro siempre juntos y no sentirme nunca sola, como en esas salidas que veía en las comedias románticas que tanto me gustaban. Me enamoré porque le gustaba esperarme a la salida del trabajo y caminar conmigo hasta mi casa, porque se quedaba a comer y me trataba cariñosamente delante de mis viejos.
Me enamoré y fui quedando ciega, porque entre todo eso que me fascinaba, no quería ver todas aquellas cosas que no me gustaban. Como saber que seguía de novio y que cuando me cansaba de la situación y le decía que no quería volver a saber nada más de él, me llamaba por teléfono pidiéndome que no lo olvide, cantándome alguna canción de amor. Que cuando salía de mi casa se iba directo a la casa de ella para amarla. Que cuando me besaba, no lo hacía libremente y como debe ser, porque supuestamente se sentía culpable y así no estaba engañándola, como si hacerme llegar hasta esa situación no fuera producto de su manipulación. Que me hiciera creer que mis amigas eran unas forras porque no lo querían, porque se metían y opinaban sobre nuestra relación. Que cuando le pedí tiempo y espacio porque había terminado en una clínica con una crisis nerviosa por su culpa, vino igual hasta mi casa en plena noche, recorriendo solo las más de veinte cuadras que nos separan, para traerme una carta de amor berreta, llena de palabras vacías que al fin y al cabo no decían nada. Que me decía que quería ser el primer hombre en mi vida, porque a pesar de no ser nada, él me amaba de verdad y no sabía si algún otro hombre sería capaz de amarme y cuidarme como él. Que cada vez que alguien conseguía hacerme entrar en razón sobre lo mal que me hacía estar con él, el gran manipulador se hacía el ofendido, me hablaba cortante o directamente no me hablaba, para hacerme sentir mal, para hacerme sentir que no podía vivir sin él. Que cuando me puse firme intentó gritarme en medio de una calle oscura y vacía, y como no podía quebrantarme, desplegó sus dotes actorales haciéndose el desmayado en la calle, para hacerme ver hasta qué punto yo lo lastimaba. Porque se encargaba de hacerme llegar el rumor de que me extrañaba y necesitaba, para que yo vuelva a hablarle y ofrecerle mi ayuda. Porque después de meses y meses sin hablarnos, me hizo sentirme con la necesidad de pedirle perdón por haberle generado tantos problemas, por haber sido la responsable de que los dos hayamos sufrido tanto.
Podría
seguir enumerando situaciones así por mucho tiempo, porque en tres años jugó (y
a veces sigue intentando jugar) con mis sentimientos de mil maneras posibles. Pero
hoy, tanto tiempo después, puedo ver las secuelas que me dejó esta historia. Me
hizo creer que para sentirme mujer necesitaba de las manos de un hombre que
acariciara con seguridad y firmeza aquellas partes imperfectas de mi cuerpo y de
las que tanto me avergonzaba. Me hizo sorprenderme y agradecer la existencia de
algún chico que no se avergonzara de reconocer públicamente que tuvo alguna historia
conmigo y que encima comente cosas favorables, como si aquello fuese algo de lo
que no soy merecedora, porque eso le corresponde a las chicas lindas, las que
hacen que un chico se sienta orgulloso de no ocultarlas y mostrarlas como si
fuesen un objeto en exposición. Me hizo tenerle miedo a volver a enamorarme,
porque sería amar en soledad otra vez, porque nadie es capaz de fijarse en mí.
Porque relaciono el volver a enamorarme con volver a amar en soledad, a sufrir,
a volver a terapia y a llorar por las noches deseando morir.
Y hoy, esta chica de 22 años sabe que no quiere olvidar a ese primer amor, porque no quiere volver a eso, porque quiere aprender de aquél infierno, porque sabe que los grandes amores no son capitalistas y patriarcales, no tienen que ver con pertenecer al otro, con sentirse completa gracias a alguien más.
Hoy quiero
ser y sentirme mejor. Y amarme a mí, así, con rollos en el cuerpo pero sin tantos
rollos en la cabeza, siendo feminista, católica, comprometida y valiente. Y que
todo lo demás llegue si tiene que llegar y cuando tenga llegar, tranquilamente,
sin forzarlo, sin buscarlo desesperadamente y respetando esto que soy: una
mujer valiosa, fuerte y libre, sobre todo libre.
21 de noviembre de 2016.
Me hiciste llorar desde el principio hasta el final.
ResponderEliminarTe quiero inmensamente, y como dice mi vieja: la única persona que te puede hacer feliz sos vos. Hay que dejar de creer que no somos merecedoras de amor, lo somos, pero primero debemos querernos a nosotras mismas porque nadie lo va hacer si nosotras no lo hacemos primero!
Ahora sos más fuerte, Jaz. Y te admiro por eso, te admiro por seguir adelante.
ResponderEliminarNunca te olvides de que vales más que cualquier pelotudo con baja autoestima.