Confesiones de una típica adolescente

martes, 23 de octubre de 2012

Cuando sea viejita y tenga que pensar en mi niñez, inevitablemente voy a pensar en la Iglesia. Pero cuando piense en mi vocación, mi llamado; no tengo idea de cómo, ni cuándo nació.
Los más grandes recuerdos míos en la Iglesia empiezan un 25 de Octubre, con un kioskero desubicado, el finado Don Peter.
Mis recuerdos no comienzan solos, obviamente, yo estaba acompañada.
En aquel entonces, mi mejor amiga, era una rubia con alma de futbolera, mi inseparable alma gemela, Agustina. Nos acompañaba una jovencita colgada, víctima de muchas de nuestras bromas, siempre desaparecida, Natalia. Ella, nos hizo amigas de la pequeña, la chispita, la cantante y bailarina reggeatonera, Belén. Al tiempito se nos unió una rubia alocada, imparable; Penelope. Y por último y no menos importante, llegó la soñadora y delirante Celeste.
Juntas eramos una, juntas eramos Sorbetas.
Juntas pasamos sin fin de momentos, recuerdos imposibles de borrar de mi corazón.
Para nosotras pecado era hablar de sexo, virginidad y cuestionarnos si el uso de preservativo era bueno o malo en charlas a las dos de la mañana. Pecado y rebeldía era comprar speed en los chinitos, siendo menores de edad, y tomarlos a escondidas. Salir un fin de semana entero era: Viernes a la noche de comida y pelis en alguna casa, sábados interminables en Talita Kum y domingos enteros juntas, por ahí.
Pornografía, para nosotras, era ver la película de Eminem y pausarla cuando llegaban "los adultos".
Héroe fue y es Ramiro. Vacaciones con amigas eran los campamentos. Desahogarse era juntar cabezas en una ronda de amigas. El chico más lindo del mundo era Bohió y sufría nuestro acoso por medio de canciones. Salir a bailar un sábado era ir a algún 15. Encuentros clandestinos eran los de los del verano en la casa de Nati. La más grande historia de amor era la de Troy y Gabriela. Abuso sexual era que te ataquen unos pendejitos en medio del corso. Amor era aquello por lo que llorabamos, que ahora ya no significa lo mismo. Ser rebelde era reírse en medio de la Misa. Ser grande era poder ir por fin a Talita. La aventura más grande era poder ir a la pileta de Celes. Nuestro mayor error fue cambiarle la letra a una canción de la Iglesia. Y así, miles de anécdotas más, que para mi son imposibles de recordar ahora. Lo que sé es que en ese momentos sentía que eramos invensibles, inseparables, eternas, INFINITAS. En aquellos días no sólo aprendí el valor de la amistad, si no también el valor de la vida (y de la muerte), lo que puede doler a veces el amor, a dar mi primer beso, a mentir a mis viejos, a llorar y tener un abrazo conteniendome, a contener, a reír hasta llorar. En aquellos días, estoy segura, de que también apredí a amar a Jesús. 

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